Política

Trabajar de ciudadanos

Trabajar de ciudadanos

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La construcción de opinión pública manipulada como la mayor amenaza a la democracia

Trabajar de ciudadanos y ciudadanas, como vamos a mostrar, es imprescindible para conseguir hacer efectiva y real nuestra “soberanía formal”. Por eso decimos, “si el pueblo es el soberano, tal como se señala en nuestra “Constitución Nacional”, debe hacer valer su soberanía”[1], lo que nos obliga a trabajar de ciudadanos y ciudadanas. Vamos a mostrar aquí cómo, para trabajar de ciudadanos y ciudadanas, es imprescindible elevar nuestro nivel de formación política y comenzar a practicar acciones de democracia directa, es decir, que van más allá de nuestros representantes políticos.

En el marco de la democracia liberal, la ciudadanía se ve impelida a practicar una democracia “indirecta”. No delibera, ni gobierna, sino a través de sus “representantes”. Y esta situación le impone una responsabilidad indelegable, incidir sobre sus representantes y controlarlos. Porque quienes “delegan” un poder, deben cuidar que su delegación se cumpla. Los pueblos no deben delegar su poder soberano para que sus representantes hagan lo que quieran con él.

Pero, para incidir sobre nuestros representantes y controlarlos, la ciudadanía debe tener formación política, lo que implica información crítica y formación crítica. Un punto fundamental aquí, es el del “consenso” que la población les da a los políticos, representantes, gobernantes y gobierno nacional.

Si la ciudadanía no posee buena información, es decir, está desinformada y mal informada y, para peor, no tiene buena formación política, las consultoras de imagen, que todo el tiempo están recabando datos al respecto, van a recolectar una opinión de la ciudadanía que la va ser muy útil al bloque de poder oligárquico y, a la vez, muy perjudicial a la patria y al pueblo, sobre todo para que este último pueda presionar, incidir, demandar y controlar a sus “representantes”.

Ahora bien, la realidad es que la ciudadanía, en general, está mal informada y mal formada, lo que no es para nada casual. Los sectores dominantes, que no se suicidan, poseen un enorme poder para “construir” opinión pública favorable a sus intereses y valores. Poseen el control del sistema educativo, son dueños de los grandes medios de comunicación y de las más importantes rede sociales. Entonces, aquí vienen las grandes preguntas:

  • ¿Cómo vamos a incidir sobre nuestros representantes y controlarlos si formamos parte de un rebaño manipulado, esto es, si formamos parte de la opinión pública construida por los dueños del poder real?

Incluso, y nadie lo puede negar, porque no existen argumentos para hacerlo, que la realidad nos muestra lo que ocurre, cuando, por ejemplo, el 60 % de los jubilados de la mínima vota a su verdugo, el hambreador Milei. Y aquí viene otra importante pregunta:

  • ¿Por qué tantos ciudadanos y ciudadanas que por su condición socio-económica pertenecen al amplio campo popular, votan a quienes los van a oprimir?

Es evidente que aquí están los resultados de las acciones educativo-culturales para la dominación, que promueve el bloque de poder oligárquico, el poder real.

Pero, hay más preguntas inquietantes:

Teniendo como supuesto el evidente y enorme poder mediático y cultural de la oligarquía para construir opinión pública manipulada:

  • ¿Podemos hablar de democracia y de legitimidad de origen de gobernantes como Milei, que representa los intereses de las empresas multinacionales, el sistema financiero internacional y la geopolítica norteamericana?
  • ¿De qué democracia hablamos cuando una parte importante de la ciudadanía forma parte de la opinión pública manipulada que, con su enorme poder, construye la oligarquía?

Es evidente que este poder avasallante lesiona severamente a la democracia.

El ciudadano politizado, primero, tiene que aprender a diferenciar los partidos y frentes que defienden los intereses nacionales y populares de los que defienden los intereses de la oligarquía. Pero también debe saber que en los partidos y frentes de sesgo nacional y popular anidan los traidores, los que son fácilmente domesticados por el poder real. La traición al mandato popular y a los intereses de la patria y el pueblo también sucede en los partidos y gobiernos de sesgo nacional y popular. ¿Por qué sucede esto? Porque el bloque oligárquico tiene un enorme poder de lobby, y en una democracia representativa como la liberal puede influenciar y condicionar a los políticos y gobernantes del campo popular. Y de hecho no son pocos los que traicionan la causa de la nación y el pueblo.

El bloque oligárquico, con su enorme poder económico, cultural y de lobby, tiene capacidad para:

  • Influenciando y condicionando a políticos, legisladores, funcionarios del ejecutivo y gobernadores, dividir un bloque de diputados o senadores y domesticar a un presidente,
  • Dividir y fragmentar a la ciudadanía que conforma el amplio campo popular,
  • Dividir y fragmentar a los partidos y frente de sesgo nacional y popular,
  • Boicotear, desestabilizar y destituir a los gobiernos de sesgo nacional y popular

Por esta razón no es posible comparar los resultados de los gobiernos de sesgo nacional y popular con los de la derecha neoliberal. Está claro que sus resultados no pueden ser medidos con la misma vara.

Esto es muy simple de entender, los gobiernos de la derecha neoliberal son la expresión política de la oligarquía (global y local), por lo tanto nadan a favor de la corriente, mientras que los de sesgo nacional y popular, que apuestan por la soberanía política, la autodeterminación económica y la justicia social, nadan en contra de la corriente, porque son boicoteados y desestabilizados todo el tiempo por el bloque de poder oligárquico.

Esto explica la existencia de actos de corrupción coyuntural (vernácula) en los gobiernos de sesgo nacional y popular. Por eso decimos que la corrupción coyuntural es transversal a todos los gobiernos, los de la derecha neoliberal y los de sesgo nacional y popular. Lo que no vamos a encontrar en los gobiernos de sesgo nacional y popular es corrupción “estructural”, corrupción cipaya, la corrupción que vende a los países.

Es muy importante aprender a diferenciar los dos tipos de corrupción

Nunca olvidemos que, como lo sostenían Arturo Jauretche y Aldo Ferrer, existen dos tipos de corrupción[2] que son muy diferentes en lo que hace al daño causado a la nación y al pueblo:

  • La corrupción coyuntural, vernácula, de la coima y las prebendas, lamentablemente transversal a los gobiernos de todos los signos ideológicos,
  • La corrupción estructural o cipaya, que entrega el país, sus riquezas y su futuro.

Es cierto que ninguna corrupción es buena, pero la cipaya, sin duda, es infinitamente más perjudicial que la vernácula.

Prestemos atención a esta realidad constatable:

En los medios de comunicación hegemónicos, con su caterva de comunicadores de la oligarquía, porque no son periodistas, sino mercenarios del poder real, así como también en las redes sociales, que también dominan, no los van a encontrar jamás hablando de la “corrupción estructural”, pero sí refiriéndose continuamente a la corrupción vernácula, donde les aparece la posibilidad de las operaciones mediático-judiciales (lawfare), que involucran y erosionan a los políticos y líderes del campo popular. El acoso mediático-judicial permanente a Cristina Fernández es un caso emblemático en este sentido.

Esto hace que la corrupción estructural, la que hunde en la postración permanente a los países, deteriora y paraliza sus matrices productivas y sumerge en la pobreza a sus pueblos, pase inadvertida para la ciudadanía, la que, confundida acepta, por la presión mediática manipuladora y de las redes sociales, la idea completamente errónea, de que la postración de la Argentina se debe a los actos de corrupción coyuntural (vernácula), cuando la verdad de la realidad es que la postración de nuestro país, la tremenda desigualdad y la consecuente pérdida de la calidad de vida de su población, se deben, sin ninguna duda, a la corrupción estructural, esto es, al feroz endeudamiento externo (FMI), la parálisis de su proceso de industrialización, la privatización de las empresas públicas, la entrega de sus recursos naturales, como se propone en la Ley Bases, por ejemplo y el sometimiento a las políticas que impone la geopolítica norteamericana en la región y, por ende, en nuestro país.

La descontextualización del debate político respecto del poder real

En las discusiones y debates políticos hemos “naturalizado” una idea que es nefasta:

“El poder real no tiene gravitación en la dinámica política”.

Sin embargo, el poder real tiene una gravitación decisiva en la realidad política, pero una gran parte de la ciudadanía cuando habla, discute o debate de política, lo ignora y sólo piensa en partidos y gobiernos. Habla de los resultados de los gobiernos de la derecha neoliberal y de los de sesgo nacional y popular, midiéndolos con la misma vara, lo que es una muestra palpable de que está dejando totalmente de lado la gravitación del poder real, por supuesto favorable a los gobiernos de la derecha neoliberal y en clara oposición a los de sesgo nacional y popular.

Esta descontextualización arruina los debates, que se convierten en una batalla de chicanas con el único objetivo de derrotar al rival. Por eso, nadie crece ni se enrique en estos debates, que dan lugar a relatos de odio para exterminar al adversario. Está claro que estas discusiones y debates son propios de la derecha neoliberal, que no tiene argumentos para justificar y fundamentar su posición entreguista y anti pueblo.

Por supuesto, que esta descontextualización es causada por el bloque de poder oligárquico que, debido a sus intereses y valores, le tiene que ocultar, necesariamente, su gravitación política a la ciudadanía.

La ciudadanía debe creer que la política se dirime “exclusivamente” en la confrontación partidaria de la democracia liberal, uno de los más grandes errores que podemos cometer los ciudadanos y ciudadanas que conformamos el amplio campo popular. Es más, gran parte de la ciudadanía ha “naturalizado” esta idea, lo que reduce notablemente su comprensión de la dinámica política, despolitizándose peligrosamente.

¿Cómo lo consigue el bloque oligárquico? Con su poder cultural y mediático. El bloque de poder oligárquico controla históricamente el sistema educativo, también los medios de comunicación masivos, que hegemoniza y, por supuesto, domina también las redes sociales. Con todo este poder está en condiciones de “construir” “opinión pública manipulada”, con lo cual se garantizan dos acciones para la dominación que le son esenciales:

  • Su acceso a la administración del Estado en el marco de la contienda electoral liberal, lo que para el bloque oligárquico es clave, ya que a su enorme poder material y cultural, le suma ahora la conducción del Estado. Y ya sabemos que los gobiernos de la derecha neoliberal “formatean” el Estado a la medida de sus intereses y valores. Estamos así, en el peor de los mundos para los sectores nacionales y populares.

 

  • Con su poder de fuego mediático-judicial y de lobby, puede boicotear y desestabilizar a los gobiernos de sesgo nacional y popular y erosionar a sus políticos y líderes.

Estas acciones de dominación mediática, educativa y cultural le permiten condicionar severamente a la democracia liberal, desnaturalizándola completamente. Ya no podemos hablar de la democracia en el sentido etimológico de la palabra, es decir, como el poder del pueblo, sino que, más bien, estamos en presencia de una oligocracia, esto es, el poder de la oligarquía.

¿Y cómo la oligarquía consigue este éxito de su proyecto de dominación? Lo consigue con su enorme poder para condicionar la educación y la información, mediante la “construcción de opinión pública enajenada”[3]. Quiere decir que una parte importante de la ciudadanía que conforma el amplio campo popular le “da consenso” y “vota” a sus verdugos. Esto no es necesario demostrarlo porque es una evidencia imposible de negar. Y quienes la niegan, dicen que no la ven, o directamente no la ven, es porque, o pertenecen conscientemente a la oligarquía, o carecen de un buen nivel de información y formación política.

La importancia crucial del consenso de la ciudadanía

¿Por qué es tan importante el consenso de la ciudadanía? Porque el poder de los gobernantes y gobiernos está directamente vinculado a ese consenso. Este consenso se expresa de dos formas fundamentales:

  • En la medición diaria y continua, que realizan las consultoras, de la “opinión” que tiene la ciudadanía de las principales figuras políticas y de gobierno.
  • En el voto, que se realiza en una consulta puntual cada dos años.

La pérdida de consenso, por parte de la ciudadanía, respecto de los políticos y gobiernos, se traduce en la caída de su legitimidad y, por ende, de gobernabilidad. Por eso, los gobernantes y los gobiernos necesitan imperiosamente del consenso de la ciudadanía. Cuando cae la imagen de quienes conforman el gobierno, especialmente del presidente, se enciende una gran alarma.

¿Y quiénes son los que dan ese consenso? Nosotros, los que conformamos el amplio campo popular, el pueblo. Esa es la principal razón por la que los sectores dominantes le dan tanta importancia a la construcción de una “opinión pública manipulada”. Y esa tiene que ser, también, la principal razón por la cual la ciudadanía debe tomar conciencia de la importancia que posee la elevación de su nivel de formación política, justamente para evitar la manipulación.

Ahora bien, si el pueblo que está siendo oprimido le sigue dando consenso a su opresor, estamos en una situación muy grave. El problema comienza cuando los oprimidos votan a sus opresores, que es el primer paso de la relación de dominación, ya que en esta acción el bloque de poder oligárquico retoma la conducción del Estado, siendo el segundo, el consenso diario que es medido por las consultoras, muchas de ellas simpatizantes de los dominadores.

¿Y qué pasaría si la ciudadanía elevara su nivel de formación política y comenzara a dejar de ser manipulada? Lo que pasaría sería muy alentador, habría un salto en el empoderamiento popular. Y un pueblo empoderado tendría efectos muy alentadores en las relaciones de poder con el bloque de poder oligárquico:

  • Un pueblo empoderado, que no es manipulable, no votaría a sus verdugos,
  • Un pueblo empoderado, tampoco caería en las redes de los que buscan, con todo tipo de argucias, engaños y mentiras, que la ciudadanía le de consenso a los gobiernos vende patria y anti pueblo,
  • Un pueblo empoderado castigaría severamente las traiciones de sus representantes, que perderían rápidamente su imagen popular,
  • Un pueblo empoderado ejercería una fuertísima presión sobre todos aquellos políticos, funcionarios y gobernantes, ya sean de los partidos del bloque de poder oligárquico o del campo nacional y popular.
  • Un pueblo empoderado se convertiría en la llave maestra para la “transición” de una democracia formal a una democracia real.

En síntesis, la elevación del nivel de alfabetización política de la ciudadanía que conforma el amplio campo popular, es una instancia crucial del empoderamiento del pueblo y, por ende, de la sustanciación de la democracia.

Bibliografía:

Lens, José Luis (2022) La alfabetización política del soberano. Buenos Aires: Editorial Autores de Argentina.

  1. Ver: “Si el pueblo es el soberano, debe hacer valer su soberanía”, en: Lens, José Luis (2022) La alfabetización política del soberano. Buenos Aires: Editorial de Autores de Argentina, página 47.
  2. Ver la categoría de “Corrupción política”, en: Lens; José Luis (2022) La alfabetización política del soberano”. Buenos Aires: Editorial Autores de Argentina, página 281.
  3. Ver: “opinión pública enajenada”, en: Lens; José Luis (2022) La alfabetización política del soberano. Buenos Aires: Editorial de Autores Argentinos.

José Luis Lens

Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Actualmente, Profesor Titular de la Cátedra de Educación Popular en la FCH-UNCPBA y Profesor Adjunto de Ciencias Políticas en la UBA-CBC.

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